Si eres de los que babeaste -como un servidor y unos cuantos mortales más- con “The Sea Drift” (Decor Records ,22), el anterior disco de The Delines, estás de enhorabuena. Y lo estás porque este “Mr. Luck & Ms. Doom” no solo sigue los mismos parámetros de elegancia, profundidad y saber hacer de aquel disco, sino que incluso los supera. Y eso, que a priori podría parecer increíble, te juro por la gloria de John Steinbeck, Raymond Carver, Chester Himes y Tennessee Williams que es una verdad como un templo. Y si, por el contrario, no sabes de qué demonios estoy hablando, hazte un favor y acude a tu plataforma de streaming favorita, dale al play, y déjate embriagar por las historias de perdedores y perdidos narradas con el elegante telón de fondo del country-soul más atemporal que vas a escuchar actualmente. Tengas la edad que tengas, deberías disfrutarlas a la que atesores un mínimo de sensibilidad en la epidermis.
El responsable de esta maravilla en forma de disco es Willy Vlautin, compositor y artífice del grupo de alt-country (siempre me flipó esta etiqueta) Richmond Fontaine y autor de siete novelas que no he tenido el placer de leer. Junto a él completan la formación sus compañeros, también en Richmond Fontaine, Sean Oldham (batería) y Freddy Trujillo (en el bajo), además de Cory Gray (teclados y Trompeta) y la embriagadora voz de Amy Boone (anteriormente de The Damnation) con la que las historias trazadas por Vlautin adquieren una nueva dimensión, mucho más doliente y humana. Un equipo de ensueño a la hora de lograr una musicalidad tan compacta como orgánica, tan aterciopelada como real y nítida. Lo dicho una gozada para los sentidos comparable a la alcanzada por bandas como The New Pornographers, The Hold Steady o Iron & Wine.
El punto de partida del disco es el tema que lo abre y le da título. Una canción escrita con la premisa que le pidió la propia Amy a Willy Vlautin: debía trazar una canción de amor donde, por una vez, nada saliera mal. Dicho y hecho. “Mr. Luck & Ms. Doom” es una suave balada soul con un final feliz aunque abierto y con la terrible incógnita de lo que vendrá después. A partir de ahí una retahíla de mujeres que buscan vengarse de un proxeneta, hacerse con una partida de drogas para salir pitando o despedirse de su pareja quemándole la casa. Historias potentes que recuerdan a los relatos cortos de Lucia Berlin, donde todo suele acabar más enfangado de cómo empieza, aunque vayan acompañadas de una banda sonora de arreglos exquisitos (cortesía de Cory Gray y el productor John Morgan Askew). Música de ambiente claramente cinemático, con un deje jazz y regusto a coctelería de viejo hotel decadente. Como un lujoso collar de nacaradas perlas condenado a romperse y perderse para siempre por el agrietado entarimado de un bar de carretera. O al menos así es como me suena a mí el disco, cuando cierro los ojos y lo paladeo que un whisky. Y ahora te doy permiso para llamarme flipado.
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