Sota, caballo y rey
ConciertosWayward Saints

Sota, caballo y rey

6 / 10
Raúl Julián — 28-02-2025
Empresa — La Cueva del Jazz
Fecha — 27 febrero, 2025
Sala — La Cueva del Jazz en Vivo
Fotografía — Raúl Julián

Las bandas como Wayward Saints se antojan necesarias. Desde luego, no imprescindibles, pero sí necesarias. Grupos que no solo no esconden sus cartas, sino que las muestran a las claras como principal baza a la hora de convencer al espectador para que acuda a alguno de sus conciertos. Se trata de formaciones internacionales con las que oxigenar un poco la nómina habitual de nombres que se pasean por el loable circuito de salas del país. Bandas que, como en el caso de los canadienses (un total de catorce fechas en la que ha sido su primera gira peninsular), juegan con una horquilla estilística acotada a sota, caballo y rey, pero que a cambio manejan la mano en cuestión con solvencia e incluso credibilidad.

El quinteto de Toronto y Ontario centra sus esfuerzos en emular, a contundente golpe de guitarra, el rock sesentero y setentero de Led Zeppelin, Humble Pie, Janis Joplin, Lynyrd Skynyrd, Creedence Clearwater Revival o incluso The Black Crowes y AC/DC, en un concierto cuya hoja de ruta resultaba evidente antes de cruzar la puerta de la zamorana La Cueva del Jazz en Vivo. Poco que objetar, en realidad, ante la oferta de unos de esos conciertos que, bien ejecutados, se disfrutan mientras unas cervezas van cayendo por el gaznate. En efecto, el combo cumplió el guion previsto con la vocalista Lindsay Coleman al frente, repartiendo su formas y maneras entre piezas propias como “In The Wild”, “Pay No Mind” o “Got To Give In” y apropiaciones ajenas (y siempre celebradas) del tipo de “Somebody To Love” de Jefferson Airplane, “Jumpin’ Jack Flash” de The Rolling Stones o “Midnight Rider” de The Allman Brothers Band. No se esperaba mucho más allá que una noche de consabida diversión roquera y, tanto público como artista, evitaron salirse de las vías. Y si, por ejemplo, se rompe una cuerda y el cambio de la misma se complica (y alarga), pues no pasa nada: el resto de la banda improvisa y nadie osa protestar.

El principal escollo con que tiende a encontrarse esta clase de grupos señala a lo limitado de su recorrido, traducido en una reiteración que, pasado un tiempo, comienza a derivar en monotonía. Es ahí donde Wayward Saints patinaron en pleno error de cálculo. Conciertos sitos en estas coordenadas suelen resultar más funcionales cuando quedan concretados en torno a los setenta u ochenta minutos, comenzando a perder interés (con la consiguiente merma de atención por parte del receptor) a partir de entonces. Por eso las dos horas que el grupo estuvo sobre el escenario resultaron a todas luces excesivas e innecesarias, en una actuación tan capaz de animar un jueves cualquiera como de, finalmente y tras sobrepasar el umbral recomendado, caer en ligera inercia.

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