Biografía de un verbo en lucha
ConciertosIlegales

Biografía de un verbo en lucha

8 / 10
Kepa Arbizu — 31-03-2025
Fecha — 28 marzo, 2025
Sala — Santana 27 (Bilbao)
Fotografía — Dena Flows

Demasiado acostumbrados a ejercer como espectadores de peregrinajes erráticos por los escenarios de bandas veteranas, el caso de Ilegales representa justamente la situación contraria. Su carrera parece inmune, a pesar de las décadas en activo, a la asfixia creativa, un estado de gracia plasmado en su publicado hace pocas fechas nuevo álbum, “Joven y arrogante”. Un trabajo que no solo se ha encargado de demostrar su ingobernable nervio eléctrico, sino, lo más sugerente y esperanzador, las ansias por rastrear nuevos territorios sonoros. Virtudes plasmadas a través del estudio de grabación que, con su llegada a la sala Santana 27 bilbaína, ahora tocaba trasladar al formato en directo por medio de una gira que, en su paso por la capital vizcaína, fue recompensada con un aforo rebosante, refugio de diversas generaciones ávidas de recibir la enésima encarnación talentosa de Jorge Martínez y sus huestes.

Bajo la ya habitual en los últimos tiempos alineación integrada por cuatro componentes, en el que sin desmerecer en absoluto la labor del veterano Willy Vijande sigue revoloteando la memoria del bajista fallecido Alejandro “Espina” y donde la figura de Toni Tamargo a las guitarras y teclados asume un papel más importante, el grupo se encomendó para trazar un vigoroso y dinámico paseo biográfico por su discografía, con especial dedicación, como es obvio, a su actual álbum. Unas composiciones que demuestran su inapelable valor por medio de la prueba irrefutable consistente en mimetizarse con absoluta naturalidad entre algunos de sus mayores clásicos. Tanto es así que el inaugural rockabilly primitivo y pantanoso de “El fondo de la noche” fue secundado inmediatamente por uno de los valores más seguros de la banda, la fogosa y clarividente “Chicos pálidos para la máquina”.

Un despiece de novedosas canciones, todavía algunas en proceso de rodaje como demostró el atril que necesitó su cantante de brújula para recorrer la jadeante letra de “Es ansiedad”, que asumen de modo ejemplar la heterodoxia formal de los asturianos, compaginando con excelencia desde el envalentonado recitar en forma de ripios “quevedianos” de su tema homónimo a los ritmos de ascendencia latina que caracterizan a “Moloko”. Una diversidad que también atañe a referencias fechadas tras el breve parón acometido por la formación durante este siglo, capaces de integrar ejercicios de fibroso músculo, un ámbito donde sobresalieron el himno en que ya se ha convertido “Si no luchas te matas”, con un estribillo concebido para ser jaleado en comunidad, o el rock and roll marca de la casa dotado de orgánica sobriedad “Tantas veces me he jugado el corazón que lo he perdido”, como de desplegar el post punk de espectral épica de “Juventud, egolatría” o la luciferina invocación de “Nunca lo repitas en voz alta”, convirtiendo a Jorge Martínez, tecnología mediante, en representante en la tierra del mismísimo Diablo. Pasajes a los que acude una cualidad de envolvente sutilidad que siempre ha tenido un hueco relevante en la genealogía de la formación, atestiguado en esta ocasión por la atmosférica nostalgia de “Enamorados de Varsovia” o el decadente romanticismo de “Ángel exterminador”.

Pero en ese constante vaivén entre el calendario, inevitablemente el grueso de la actuación recaía sobre aquellas composiciones que se han instalado en el imaginario de unos seguidores que demostraron sus mayores cotas de complicidad con los riffs skatalíticos de la lenguaraz “¡Hola, mamoncete!” o bajo la onomatopéyica correa de transmisión contenida en “Problema sexual”. Piezas de un puzzle ácrata y reflexivo que no se olvidó por supuesto de rescatar las postales de guerra cotidiana que son “El norte está lleno de frío” o “Tiempos nuevos, tiempos salvajes”, lúcida recreación de la supervivencia en tiempos de capitalismo salvaje, como de blandir la absoluta obra maestra “Yo soy quien espía los juegos de los niños”, probablemente uno de los ejemplos que mejor compendia la identificativa lírica de la banda.

Con el paso de los minutos la impoluta perfección con que se desarrollaba la actuación, en consonancia con la protocolaria tonalidad oscura de sus vestimentas, fue adoptando un paisaje al que se iba añadiendo una naturaleza cada más salvaje, un estadio que el plúmbeo rockabilly de “Eres una puta” o la trepidante “Ella saltó por la ventana” construirían, y al que se llegaría por medio de la perteneciente a su más reciente trabajo, “El Face”, y su la luminosa melancolía mod, en el que el cuarteto, y los muchos ojos que les observaban, estaba dispuesto a desabrocharse la camisa. La declaración de principios enunciada por los puños que es “Bestia, bestia”, ya con amagos de pogo y los primeros drones en forma de vasos de cerveza sitiando nuestras cabezas, predisponían a una zona de batalla sonora donde se encadenaron envites certeros y directos como “Caramelos podridos”, la recia “Revuelta juvenil en Mongolia” o la frenética “Dextroanfetamina”, perfecta y arrolladora antesala de un breve amago de final que no fue sino un cambio de guitarra con la que seguir horadando las murallas bienpensantes. Un colofón con ánimo de convertirse en un ejercicio de tierra quemada que tendría su primer paso en uno de los tótems de la banda, “Agotados de esperar el fin”, al que daría continuidad el satírico cowpunk “Hombre blanco”. El pertinaz y rotundo golpeo de los clavos que lapidan al rancio folclorismo patrio en “Odio los pasodobles” y el apoteósico increscendo de “Destruye”, artefacto con destino a la detonación, nos dirigieron a la última parada a través de las peligrosas autopistas por las que circula “Soy un macarra” y donde nuestro propio yo asoma por la ventanilla amenazante.

Cada cita con la banda asturiana, y la del pasado viernes fue una nueva estruendosa confirmación, significa una celebración de inmortalidad, pero no aquellas que solo persiguen alargar una complaciente estancia, sino una presencia determinada a pisar la tierra con intensidad, haciendo que sus huellas retumben hasta generar el ruido suficiente como para despertar a los vecinos y recordarles, desde hace más de cuarenta años, que cada nuevo tiempo tiene su propio lenguaje, pero en todos ellos luchar es un sinónimo de inteligencia. Son “jóvenes” y arrogantes, melódicos y fieros, reflexivos y gamberros; son todo eso y alguna cosa más aún peor, pero cuando la ley es el antónimo de la justicia, entonces ser Ilegales es un ejercicio de responsabilidad y lucidez.

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