Dice Ryuichi Sakamoto hoy en El País que le sobran demasiados discos en su colección.
Dice Ryuichi Sakamoto hoy en El País que le sobran demasiados discos en su colección y que debería hacer una limpia y quedarse con una serie de clásicos de los 60 a los 80 en vinilo y otros cuantos en CD de los 90 para adelante. Lo que es una decisión tan salomónica como lógica ante el debate de los formatos musicales: cada disco en el formato para el que fue concebido y a correr. Y así de paso nos ahorramos pagar 20 eurazos por un vinilo (luego vienen diciendo los integristas del vinilo que con el CD nos tomaron el pelo con los precios. Pues anda, que ahora con este revival plástico-pijotero…).
De todas formas no me importa tanto el debate sobre el formato como reconocerme en la figura de acaparador de contenidos culturales que los arrastra a lo largo de su vida como una tortuga su caparazón. Coño, si es que la principal motivación que he tenido para comprarme una casa ha sido reposar de una vez la colección de discos, películas y comics en unas estanterías hechas a la medida. De locos.
Desde hace unos años no paro de intentar hacer reducir mi colección de discos desprendiéndome de material que no escucho habitualmente, sobre todo electrónica experimental. Antes mis amigos se mataban por ello, ahora no lo quiere nadie. No los culpo... De hecho, tengo el chiste en la oficina de que debería quedarme con los discos de The Cure y Joy Division y tirar el resto a la basura. Me pregunto, si algún día eso se produce, si sentiré una liberación o un vacío similar a la pérdida de alguien querido.
Rendiciones incondicionales al margen, lo que nunca entenderá quien haya crecido con el P2P es el valor de toparte en una cubeta con una copia del “Hope In An Darkened Heart” de Virginia Astley, la ilusión de quitarle el precinto y comprobar si efectivamente es tal y como lo habías imaginado durante años. Y, de esta manera, volvemos a Sakamoto y cerramos el círculo…