Aunque muchos lo dudarán, soy de aquellos para los que no existe el blanco y el negro, pero sí un montón de grises, una larga lista de grises, asombrosa y rica. Será por eso que, pese a que lo que se entiende como política me interesa más bien poco, suelo identificarme y mucho con todos esos tipos raros que han puesto en funcionamiento ideologías psicotrónicas o sencillamente contra la maquinaria habitual y seria del mundo capitalista en el que vivimos. De entre todos los ideólogos –si es que podemos llamarles así- de cuya existencia he tenido constancia, he acabado siempre conectando más con los menos ortodoxos, con los más flexibles, con los más contradictorios, con aquellos para los que el humor, la ironía e incluso el sarcasmo eran parte fundamental. Hablo de Alfred Jarry, de Tristan Tzara, de Anton Szandor LaVey, incluso de Genesis P. Orridge si me apuran, y desde ya mismo de Jerry Rubin.
No me pregunten por los hippies, por los años de la paz y el amor, pero si quieren nos sumergimos en “Do It!”, un libro editado en nuestro país por la recién nacida editorial Blackie Books y que me ha hecho descubrir a uno de mis nuevos héroes, esa suerte de ídolo contradictorio del que les hablaba antes, ese tipo de iluminado cuya máxima pretensión es enfrentarse al mundo de la forma más provocativa posible al frente de sus centenares, miles, cientos de miles o millones de yippies. Corrían los años de Vietnam, los Panteras Negras, los hippies y de las revoluciones, del enfrentamiento social y político, de la lucha entre padres e hijos. Y Rubin fue un maestro de la provocación. Odiado por la derecha estadounidense tanto como por la izquierda, radical en sus posiciones y al mismo tiempo tan flexible como le apetecía, defendió teorías sólidas y teorías psicotrónicas con igual empeño. Por eso le admiro, porque nadie como él definía a una clase media treintañera, universitaria y harta de todo. “La revolución no va de lo que crees, ni de la organización a la que perteneces, ni de a quién votas. Va de lo que haces cada día, de cómo vives”, proclamaba. Reclamaba acción directa, una acción directa enfrentada a casi todo, a casi todos, siempre con una sonrisa irónica en la boca y con la sana teoría de tomarse todo lo serio en broma, tomarse todas las bromas en serio...